Pictorialismo. Cuando la fotografía se convirtió en arte.

El pictorialismo fue un movimiento que surgió en la década de los cincuenta del siglo XIX, cuando un grupo de fotógrafos empezó a abandonar la idea de concebir la fotografía como una mera herramienta documental y trataron de dotarla de un carácter más artístico.

La manera que encontraron de hacerlo fue copiando el estilo y los temas que se reflejaban en la pintura de la época: escenas pastoriles, religiosas o alegóricas.

Uno de los proyectos más ambiciosos de este movimiento lo encontramos en la obra “Dos formas de vida” (1857) de Oscar Gustav Rejlander, una obra que creó a partir de 30 negativos. Para la realización de esta obra empleó fondos pintados y realizó las fotografías de los personajes por separado. La fotografía final presenta una composición simétrica con la figura del Patriarca en el centro con el objetivo de ofrecer un mensaje moral. A la izquierda coloca a los personajes del mal (la lujuria, la gula y otros), y los personajes del bien a la derecha (la virtud, el trabajo, las buenas costumbres y otras) otorgándoles también más luminosidad.

Como en la imagen aparecen desnudos parciales, se desató un cierto escándalo social y Rejlander fue acusado de emplear a prostitutas como modelos. Por suerte para él, el escándalo fue acallado cuando la propia Reina Victoria le encargó una copia para regalar al Príncipe Alberto.

Oscar Gustav Rejlander estudió arte en Roma, y después estableció su estudio en Lincoln (Inglaterra). Tras fracasar en su trabajo como pintor se pasó a la fotografía al comprobar como esta nueva invención conseguía los logros y el detalle que su habilidad le negaba. Rejlander se especializó en escenas de género de la vida doméstica con sus amigos y vecinos como modelos. Para la obtención de la obra final realizaba bocetos previos y luego retocaba los negativos imprimiéndolos finalmente en papel que volvía a fotografiar para crear así un negativo completo y perfecto.

Fue amigo y maestro de Lewis Carroll, quien recopiló su obra inicial y colaboró en resolver sus problemas técnicos.

Para escapar de las criticas arrojadas por sus detractores, trato de mostrar su técnica en la obra “Rejlander el pintor presentando a Rejlander el voluntario” (1871). La intención de la obra era mostrar la disposición del artista hacia el poder.

Un año más tarde colaboró en la ilustración de una de las obras claves en el trabajo de Charles Darwin sobre la evolución de las especies: la obra titulada “The expression of the emotions in man and animals”.

Hay una historia que cuenta que Rajlander calculaba la exposición que necesitaba dar a sus fotografías mandando a su gato un rato por la zona donde iba a realizar la toma y luego se fijaba en el tamaño de la pupila del animal para decidir que valores usar para realizar la captura.

Henry Peach Robinson, Camille Silvy y Gustave Le Gray fueron otros artistas que combinaron varios métodos de impresión, de diferentes niveles de complejidad, para crear imágenes surgidas enteramente de la imaginación del artista.

Henry Peach Robinson entendía la forma, la composición y el estilo desde el punto de vista de la pintura clásica. En el libro “Pictorial Effects in Photography” (1896) ofreció consejos prácticos sobre su técnica a la vez que estudiaba los valores románticos de la pintura como la verdad o la belleza.

Una de sus obras fotográficas más destacada fue “Desvanecimineto” (1858). Una obra creada a partir de cinco negativos distintos en la que aparece una joven enferma de tuberculosis (los victorianos juzgaban como algo muy romántico la figura de una joven aquejada de esta enfermedad).

Peter Henry Emerson se acercó al pictorialismo con un planteamiento totalmente opuesto al de Robinson o Rejlander. Emerson rechazaba todo tipo de manipulación y se mostraba partidario del naturalismo. Sus fotografías tenían así partes nítidas y partes borrosas en un intento de imitar la forma de ver del ojo humano.

A mediados de la década de 1890 esta tendencia empieza a establecerse con fuerza como un movimiento nuevo y empiezan a surgir asociaciones o grupos de fotógrafos que practican tal modalidad. Así surge el Camera Club de Viena, el Photo-Club de Paris y el Brotherhood of the Linked Ring británico. Una década más tarde el movimiento se extiende a los Estados Unidos con representantes como Alfred Stieglitz, Clarence H. White, Gertrude Käsebier, Edward Steichen y Alvin Langdon Coburn que crearon la Photo-Secession.

Es en este grupo que empiezan a destacar mujeres como Käsebier, Eva Watson-Schütze y Anne Brigman. El pictorialismo, por su estética suave y su énfasis en la belleza, consideraba que las mujeres poseían mayor sensibilidad en esos aspectos del arte y eso las hacía mejores retratistas.

Un buen ejemplo de este talento para el retrato lo tenemos en la obra “Mujer con lino” (1905) de Eva Watson-Schütze donde se une la delicadeza del tema con la suavidad de la iluminación y la tonalidad.

Para conseguir los efectos deseados en sus fotografías, los pictorialistas perfeccionaron los procesos fotográficos. Algunos utilizaron revelados al óleo, al bromóleo o a la goma bicromatada, procesos que les permitían manipular el negativo o la copia impresa para conseguir efectos pictóricos como el efecto de pincelada en los lugares donde se aplicaba la tinta.

Así por ejemplo, Robert Demachy creaba un efecto pastel en sus obras al revelar con goma arábiga bicromatada.

Por su parte Heinrich Kühn usaba placas autocromadas para conseguir obtener los colores de la pintura impresionista.

Otros pictorialistas, como Frederick H. Evans, se opusieron a la manipulación. Evans prefería aprovechar los tonos delicados que aportaban los revelados al platino para resaltar las cualidades estéticas de la luz.

Al terminar la década de 1910 la falta de consenso sobre los temas y estilos, junto con la llegada de la Primera Guerra Mundial hizo que los grupos pictorialistas se disolviesen, y muchos de sus integrantes evolucionaran hacia una estética modernista y más nítida.

Otras grandes obras del pictorialismo son:

“Beatrice” (1866) de Julia Margaret Cameron.

“The Manger” (1899) de Gertrude Käsebier.

“Torso” (1907) de Clarence H. White y Alfred Stieglitz.

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